La casa que fui desarmando

Siempre he pensado que la forma en que somos se parece a una casa.


Pero no empezamos desde cero. Llegamos a una ya construida, lista, amoblada según nuestras condiciones materiales, sociales, físicas y emocionales.


Al principio, simplemente la habitamos.


Con el tiempo, en mi caso, empecé a cuestionarla.


Primero fueron detalles.

Después, cambios más grandes.


Hasta que terminé desarmándolo casi todo.


Saqué paredes, moví muebles, dejé de usar espacios completos.

En algún punto me quedé sin luz, sin agua, sin gas.

Incluso sin un techo claro donde resguardarme.


Fueron años viviendo como un vagabundo dentro de mi propia cabeza.

Buscando refugios momentáneos.

Quedándome en ideas que no eran del todo mías, pero que al menos ofrecían algo de abrigo.


Viviendo de allegado en creencias prestadas.


Pero en medio de todo eso, algo empezó a pasar.


Sin darme cuenta del todo, empecé a recoger cosas.

Restos, fragmentos, piezas sueltas que fui encontrando en distintos momentos de la vida.


Y con eso, de a poco, empecé a construir otra vez.


No es una casa grande.

No tiene muchas habitaciones.

Pero tiene un techo.


Y ese techo —aunque imperfecto— resiste las inclemencias.


No es la casa en la que empecé,

pero es la primera que realmente siento mía.

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