​La sociedad teflón

En abril de 1938, un químico llamado Roy Plunkett trabajaba en los laboratorios de DuPont buscando un nuevo refrigerante. Una mañana, al abrir un cilindro de gas que había quedado bajo presión durante la noche, descubrió algo inesperado: un polvo blanco, ceroso, químicamente inerte, al que nada parecía adherirse. Lo había inventado sin querer. Décadas después ese material recubriría las sartenes del mundo entero con la promesa de una cocina sin esfuerzo: nada se pega, todo resbala, la limpieza es instantánea.


Lo que Plunkett no podía sospechar es que su descubrimiento accidental terminaría siendo, además de un avance industrial, una metáfora exacta de la civilización que estaba por venir.


Vivimos en una sociedad teflón. Y no me refiero solo a las cocinas. Me refiero a la forma en que aprendimos a movernos por el mundo: superficies tratadas para que nada se quede pegado, para que todo resbale, para limpiarse fácil. Vemos imágenes de guerra mientras almorzamos, deslizamos el dedo y aparece una receta, deslizamos otra vez y aparece la muerte de alguien que no conocíamos pero que merecía al menos un instante de nuestra atención, y todo pasa por la misma superficie pulida sin producir reacción química, sin combinarse con nada interno, sin transformarnos.


El teflón, en sentido químico estricto, es politetrafluoroetileno: una cadena de átomos de carbono y flúor tan estable, tan cerrada sobre sí misma, que casi nada del mundo exterior logra establecer un vínculo con ella. Es un material que ha resuelto el problema de la contaminación recíproca al precio de la incomunicación absoluta. Y eso, exactamente eso, es lo que se nos ha vendido como progreso emocional. La capacidad de pasar por las cosas sin que las cosas pasen por nosotros. La eficiencia anímica de no engancharnos. La higiene afectiva del que no se involucra.


Hay un nombre técnico para esto en la filosofía contemporánea. Hartmut Rosa, sociólogo alemán, lo llama la pérdida de *resonancia*: esa relación de doble vía en la que el mundo te responde, te habla, te modifica, y tú a tu vez modificas algo del mundo. Una vida con resonancia es una vida con muchos momentos en que algo nos atraviesa: un árbol que parece mirarnos de vuelta, una música que nos reorganiza por dentro, una persona que nos interrumpe el guion propio. Una vida sin resonancia es una vida lisa. Pulida. Antiadherente.


Y aquí viene lo más cruel del recubrimiento: no se puede ser selectivamente impermeable. El que no se deja afectar por los demás, tampoco se deja afectar por sí mismo. Las propias emociones empiezan a resbalar también. La propia historia se convierte en algo que pasa de largo. El propio dolor se gestiona, se medica, se distrae, se desplaza —cualquier cosa menos sentirlo de verdad, que sería dejar que se pegue, que se hunda, que modifique. Aparece entonces esa figura tan característica de nuestra época: gente exitosa, productiva, funcional, que confiesa en voz baja que no sabe qué siente, que no recuerda la última vez que algo le importó realmente. No están enfermas en el sentido clásico. Están teflonizadas. Su superficie es perfecta. No hay nada adentro porque adentro nunca se quedó nada.


Susan Sontag escribió en *Ante el dolor de los demás* que la sobreexposición al sufrimiento ajeno, lejos de aumentar la empatía, produce un endurecimiento que termina siendo indistinguible del cinismo. La compasión, decía, es una emoción inestable que necesita traducirse en acción o muere. Si solo la sentimos y deslizamos, se atrofia. Multiplique usted ese fenómeno por el número de noticias que su teléfono le entrega cada hora, cada día, durante años. El resultado es predecible: un órgano emocional que se ha ido endureciendo por uso indebido, hasta volverse antiadherente.


Byung-Chul Han, por su parte, observa que la estética dominante de nuestro tiempo es la estética de lo liso: el iPhone sin aristas, las esculturas pulidas de Jeff Koons, los rostros sin poros de las pantallas. Lo liso, dice, no nos opone resistencia, no nos confronta, no nos hiere —y por eso mismo no nos enseña nada. La belleza verdadera siempre tuvo relieve. La belleza teflón, en cambio, está hecha para deslizar.


Pero hay algo aún más profundo, y por eso esta metáfora me persigue. El teflón no solo evita que las cosas se peguen. También es químicamente inerte: no reacciona. Y la no-reactividad es justamente el rasgo que define la forma contemporánea de existir. Reaccionar implica permitir que algo nos modifique, salir transformados de un encuentro, no ser exactamente los mismos después de haber leído ese libro, escuchado esa noticia, visto esa mirada. Una sociedad que no reacciona es una sociedad que ya no aprende, que ya no se conmueve, que ya no se solidariza —porque la solidaridad, antes que nada, es una forma de reactividad química con el sufrimiento ajeno.


El teflón parece resistente, pero es frágil. Una sociedad teflón colapsa frente a la primera dificultad real porque no tiene capas, no tiene reservas, no tiene memoria de haber sobrevivido a otras cosas. En cambio, la persona porosa —la que se ha dejado tocar muchas veces— ha desarrollado un tipo de resistencia distinta, hecha de huellas acumuladas, de cicatrices que son también orientación. Sabe quién es porque tiene marcas. Sabe dónde está parada porque las cosas le pesan. Y desde ese peso, paradójicamente, puede levantarse mejor que el que flotaba.


Por eso quiero proponer algo que va contra la pedagogía dominante: hay que recuperar el derecho a que las cosas se nos peguen. El derecho a quedarnos despiertos pensando en algo que leímos. El derecho a llorar por una persona que no conocemos. El derecho a indignarnos en serio, no en formato hashtag. El derecho a que un libro nos arruine durante una semana. El derecho a que una conversación cambie algo en nosotros para siempre. El derecho, en suma, a ser superficies porosas, irregulares, manchadas, vivas.


Roy Plunkett no quería inventar el teflón. Lo descubrió por accidente buscando otra cosa. Algo parecido nos ha pasado a nosotros: no decidimos volvernos antiadherentes, fuimos recubiertos lentamente sin darnos cuenta, capa por capa, deslizamiento tras deslizamiento, hasta despertar un día y notar —si todavía somos capaces de notar— que las cosas ya no se nos pegan, que la gente alrededor tampoco se conmueve, que vivimos en un mundo donde todo resbala, incluida la propia vida.


La buena noticia, si la hay, es que el recubrimiento humano no es químico sino cultural. Se puso. Se puede quitar. Pero no se quita pensando bonito. Se quita ejerciendo lo contrario: dejándose pegar, una cosa a la vez, todos los días, contra la corriente. Hasta que la superficie vuelva a tener relieve, textura, biografía. Hasta volver a ser, simplemente, alguien a quien las cosas le importan.


Hay algo que conviene decir, sin embargo, porque omitirlo sería deshonesto: ese ejercicio tiene un costo. Volver a ser poroso en un mundo recubierto produce un efecto contraintuitivo. Uno esperaría que sentir más acercara a los demás, porque sentir es la materia misma del vínculo. Pero ocurre lo contrario. Cuando alguien empieza a sentir más en un entorno que siente menos, el efecto inmediato no es proximidad sino desfase. Es como tocar música en una afinación distinta: cuanto más rico se toca, más disonante suena. La intensidad propia, lejos de ser puente, se vuelve barrera. Y entonces uno carga con la frustración doble de querer compartir lo que siente y descubrir que el lenguaje compartido se ha empobrecido tanto que ya no alcanza para transmitirlo.


La expresión “seres queridos” se ha vuelto, en este escenario, un eufemismo doloroso. Porque querer, en sentido fuerte, implicaba conocer a alguien en profundidad, sostenerlo en el tiempo, dejarse modificar por él. Hoy se llama querer a algo más liviano: tenerle simpatía, contestarle los mensajes, recordar su cumpleaños. Funciones administrativas del afecto, no afecto en el sentido antiguo. Cuando uno necesita compartir algo que pesa de verdad, descubre entonces que el círculo formal de los seres queridos no coincide con el círculo, mucho más estrecho, de las personas con las que efectivamente puede abrirse.


Quien recupera la sensibilidad en una época anestesiada se siente, casi inevitablemente, anacrónico. Pero conviene examinar esa palabra. Anacrónico significa “fuera del tiempo correcto”, como si hubiera un tiempo correcto al cual ajustarse. La idea presupone que la época en que uno vive es la medida de lo verdadero, y que estar a tono con ella es lo deseable. Pero hay épocas con las que vale la pena sincronizarse y hay épocas a las que es más sano resistir. Cuando una época se inclina hacia la deshumanización —y la nuestra, en muchos aspectos, lo hace— estar desincronizado deja de ser síntoma de patología y se convierte en síntoma de salud. Uno no es entonces anacrónico en el mal sentido. Es contemporáneo de algo más antiguo y más permanente: contemporáneo de la condición humana misma, que tiene memoria larga y que reaparece en cada generación a través de los pocos que no se dejaron recubrir.


Resistir, en estas condiciones, se vuelve un asunto de fidelidad a las propias herramientas. Las herramientas de quien escribe contra la corriente son herramientas viejas: la palabra escrita, el pensamiento sedimentado, la observación paciente, la firma, el oficio. Son herramientas que la época no premia. Cualquier algoritmo de difusión preferiría que usáramos otras —el video corto, el titular punzante, la opinión rápida, el dato viralizable—. Y sin embargo, son las que tenemos y son las que vamos a usar siempre, porque cambiar de herramientas implicaría cambiar también de sustancia, y la sustancia es lo único que vale la pena defender. Un texto rápido tiene más alcance; un texto lento tiene más peso. La pregunta no es cuál llega a más gente. La pregunta es cuál se queda en alguien.


Y ahí, finalmente, aparece lo que justifica todo el esfuerzo. La sensibilidad recuperada no acerca, en el corto plazo, a la mayoría. Pero produce un fenómeno extraño y precioso a mediano y largo plazo: convierte a quien la cultiva en una señal en la noche para otros que andan en frecuencia parecida. No muchos. Casi nunca cerca. A veces a través de los libros, a veces a través de un texto que aparece en pantalla a las dos de la mañana, a veces a través de un encuentro accidental que para los dos resulta menos accidental de lo que parecía. Cada cosa que uno escribe sin recubrimiento queda flotando en el mundo como una baliza. Y alguien, en algún momento, se va a topar con ella y va a sentir lo que se siente al descubrir que hay más gente como uno en el mundo. Esa función —la de ser referencia para otros que vienen detrás— no se ve, no produce retorno inmediato, no se mide en métricas. Pero es probablemente la función más alta que puede cumplir alguien con sensibilidad y herramientas en una época como esta.


Plunkett, sin saberlo, le dejó al mundo una sustancia que evita que las cosas se peguen. Otros podemos dedicarnos, modestamente, a lo contrario: a producir pequeñas zonas porosas donde algo todavía pueda quedarse. No para ganar la batalla cultural —que no se gana— sino para que cuando alguien la siga buscando, encuentre puntos de apoyo. Esa es, quizás, la única forma seria de resistir en una sociedad teflón: no destruyendo el recubrimiento ajeno, tarea imposible, sino cuidando obstinadamente la propia porosidad. Manteniéndola viva. Dejándola firmada. Y confiando en que, contra todas las apariencias, eso basta.

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